Fotografía y memoria: la indagación de la ruina.

El adagio “esto ha sido pero ya no es, y jamás volverá a ser” se puede aplicar fácilmente al pie de cada imagen fotográfica. La relación de dependencia que mantiene con el pasado es inapelable, sin importar lo reciente que la fotografía sea. Desde el momento que es tomada pertenece ya a la paradoja de recuerdos. Esto nos remite a una ineludible fugacidad de la existencia: la nostalgia de la fotografía fluye como un caudal de sensaciones encontradas y condensadas en un sólo instante.

Susan Sontag (1987) se refiere a la relación entre sujeto y objeto en Bajo el signo de Saturno. Observa que “las profundas transacciones entre el melancólico y el mundo siempre ocurren con objetos (en lugar de personas)” y “la acumulación de cosas aparecen, en su mayor parte, en forma de fragmentos o ruinas”. En este caso, la fotografía se presenta como el residuo de la realidad, como una ruina. Se le puede considerar un objeto vano que se encuentra en postales, periódicos, instantáneas familiares, etc. Y que por ende, se sumen en el ámbito de lo personal.

Sin embargo, pese a su estado de aparente simpleza, en un lugar como el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, funcionan como una potencial herramienta de reflexión. Todas las fotografías reunidas en un solo espacio físico y con una temática común, terminan siendo un mensaje realmente potente en su colectividad. Porque, y citando En la caverna de Platón (1973), “coleccionar fotografías es coleccionar el mundo” (Sontag 13). El espectador es tocado de sobremanera, y es él quien, según su contexto y marco cultural, dota a estas fotografías de vida. Además de cargarlas con una nueva significancia.

Una de las estaciones más impactantes del museo tiene estrecha relación con lo fotográfico y lo que plantea Sontag. Una muralla inmensa, repleta de imágenes de rostros, sin nombres ni descripción alguna. Otras son cuadros en blanco, dejando el espacio a quienes no fueron reconocidos. Están suspendidos, a una distancia que el espectador no puede alcanzar, que te deja ajeno y que además es restringido por una placa de vidrio. Pero eso no es todo, en el suelo: el símbolo de la vela encendida. Resulta conmovedor e incluso algo anonadante. La inmensidad te acerca casi a lo sublime y es esto precisamente lo que nos hace sentir parte. En un momento el vidrio desaparece y estás ahí, en medio de los rostros, desconocidos. Sontag diría al respecto que “la fotografía se ha transformado en uno de los medios principales para experimentar algo, para dar una apariencia de participación”. Todo esto, aún sabiendo que realmente no estamos participando, solo hemos abierto una pequeña ventana al pasado y espiamos.

Otro posible uso de la fotografía tiene que ver con los medios de comunicación. En más de una estación del museo vemos recortes de prensa. Diarios con grandes titulares, populistas que reflejan una posición política. Además, en las primeras planas, siempre se estampan fotografías grandilocuentes y lo más extravagantes posible. Sontag explica esto con la siguiente frase: “Las fotografías causan impacto en tanto muestran algo novedoso” (29). Es una lástima que esta afirmación sea tan certera. Podemos contrastarlo con la actualidad, las redes sociales bombardean las mentes de las personas día a día. Y el titular o la fotografía más llamativa es la que gana.

Sin embargo, cabe destacar una gran diferencia entre nuestro tiempo y la década en que se ambienta el museo. Esta es la censura, en muchos sentidos. Pero en este caso, enfocada a los medios. En una de las estaciones se puede leer claramente cuáles eran los diarios y revistas que podían circular. Todo lo demás estaba vetado. Por ende, la información que llegaba a las masas era mucho más limitada.

La virtud de modestia que posee la fotografía se contrasta con una metonimia incansable, que funciona como un iceberg. Bajo la superficie de la imagen se despliega un vasto espacio a la indagación. La imagen no es presentada desde la muerte (contra lo planteado por Roland Barthes), sino que desde la permanencia. Aunque sea fragmentaria, “lo captado” es aquello que se niega al olvido. Sirve entonces para el proceso de construcción de la memoria. La ausencia en la fotografía es tangible, ya que la escena no puede abarcar todo un imaginario. Pero esto no es impedimento para valorarlas.

La fotografía en el museo funciona como una voz. Lo silenciado, lo que no fue escrito por ninguna mano, pero que está latente en cada una de ellas. Es precisamente eso lo que recopila este espacio. El arte de recordar es, inevitablemente, una invocación y no hay mejor forma de revivir a los muertos que a través de la memoria. Si los mantenemos en nuestras memorias, si no dejamos que el oscuro 11 vuelva a ocurrir, ellos seguirán vivos, infinitos y perennes.

Por: Silvana Freire Levín

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